SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

¿Cómo olvidar a Nancy?

Aún ululaba en la distancia la sirena de fábrica que marcaba el inicio de 1994. Barranquilla recibía a su manera el nuevo año, en un alborozo callejero de luces de bengala, agüeros de temporada y estridentes equipos de sonido, todo entre el vaivén de las brisas veraneras.
En cambio los Mestre Vargas —el padre, la madre y los dos hijos— estaban pasando año nuevo encerrados en una habitación: la del hijo mayor, Martín Eduardo, quien yacía en cama con una lesión de fútbol. Aún así, en su intimidad, la familia había bailado y brindado con champaña.
Nancy Mariana Mestre Vargas, estudiante del colegio bilingüe Marymount, tenía permiso de sus padres para salir “después de pitos” con Jaime Saade Cormane, un comerciante soltero que casi le doblaba la edad.
1993 había terminado con buenos augurios para la hermosa adolescente. Esa tarde se había enterado del resultado del Toefl —la prueba requerida para ingresar a la universidad en los Estados Unidos. “Te tengo una buena noticia y una mala”, le había anunciado Nancy Mariana a su padre. “La buena es que saqué el mejor puntaje de la clase. La mala es que me va a tocar irme para los Estados Unidos”.
Poco después de la medianoche, Jaime Saade Cormane llegó puntual a recoger a Nancy Mariana, quien se despidió radiante, asegurándoles a sus padres que regresaría a las tres, la hora en que terminaba el permiso.
Fue la última vez que la vieron consciente. Seis horas más tarde, Nancy Mariana aparecería en la unidad de cuidados intensivos de la Clínica del Caribe. Tenía un balazo en la cabeza. Jamás recobró el conocimiento. Se fue al octavo día.
El crimen, como pocos, estremeció a Barranquilla. Mientras Saade se había dado a la fuga, sosteniendo a través de familiares y abogados que Nancy se había suicidado, una ola de rumores surcaba la ciudad. Se hablaba —con fundamento— que Nancy Mariana había sido violada en grupo y asesinada por un grupo de jóvenes, amigos de Saade e hijos de familias adineradas de la ciudad.
La impetuosa capacidad especulativa de esta ciudad contrastaba con la parsimonia del aparato judicial, que jamás estuvo cerca de capturar al fugitivo y además no pudo realizar pruebas cruciales para la investigación.
Aún así, la misteriosa muerte de Nancy Mestre es hoy caso juzgado y algunas verdades quedaron claras en el expediente.
Ese primero de enero, Jaime Saade y Nancy Mestre se dirigieron primero a casa de un amigo de éste, donde hubo disparos al aire para recibir el año nuevo. De allí se desplazaron a Baja Beach, discoteca de moda ubicada en la autopista a Puerto Colombia, en el norte de Barranquilla. No se ha precisado la hora exacta en que se fueron para la residencia de Saade, quien vivía en un pequeño apartamento anexo a la casa de sus padres. Con toda seguridad, debió ser bien entrada la madrugada.
A las cinco y 45 de la mañana, muy preocupado de que su hija no hubiera regresado a las tres, Martín Mestre acudió a Baja Beach, que todavía estaba llena de jóvenes. Como no halló a su hija, se dirigió entonces a casa de los Saade. Allí estaba parqueada la camioneta de Jaime Saade. La madre de éste, Emilia Cormane de Saade, lo recibió muy nerviosa, sin atinar a decir palabra. Mestre aprovechó la confusión para entrar en el apartamento de Jaime Saade. Halló manchas de sangre por todos lados. La madre le dijo entonces:
—Su hija sufrió un accidente. Está en la clínica.
Cuando llegó a la Clínica del Caribe, Mestre fue recibido por el padre de Jaime, Alberto, quien informó:
—Su hija intentó suicidarse.
Era la primera frase de la versión del sospechoso, quien a partir de ese día comenzó a sostener desde la clandestinidad  que él se encontraba en la ducha, después de tener sexo, y que Nancy tomó un revólver de la habitación y se propinó el disparo. No obstante, los dictámenes del médico forense y del experto en balística desvirtuaron el suicidio.
Quedó claro que Nancy Mariana presentaba quemones y residuos de pólvora en la mano izquierda, mientras el tiro le había entrado por la sien derecha. Era imposible entonces que ella, siendo además derecha, se hubiera disparado. “La mano fue colocada a manera de protección”, concluyó el fiscal instructor Luis Felipe Colmenares Russo.
Además, el revólver de Saade —un 38 largo de la marca Llama— fue hallado el mismo 1º de Enero, envuelto en una bermuda ensangrentada, escondido bajo la cama del sospechoso. Una de las seis ojivas estaba vacía. Balística demostró que esa fue el arma homicida.
El dictamen forense, entre tanto, reveló que el cadáver presentaba excoriaciones en la parte interna de los muslos, en la zona vaginal, en uno de los senos, en ambos brazos, en el talón y hasta en uno de los juanetes. La autopsia descubrió además dos uñas quebradas, ambas con restos de tejidos humanos.
Jamás fue posible enviar a los Estados Unidos los rastros de semen hallados en la zona vaginal de Nancy Mestre. La prueba, conocida como hemoclasificación, hubiera revelado si Nancy Mestre había sido violada por uno o varios hombres. Sólo hay una mínima evidencia técnica de la presencia de otra persona: rastros de sangre tipo A positivo en el cubrelecho de la cama de Jaime Saade.
Según quedó consignado en la hoja de ingreso en urgencias, Nancy Mariana Mestre fue llevada a la clínica por Saade y el padre de este. Iba envuelta en una sábana. Tenía el cabello lleno de tierra, hojas secas y maleza. De allí surgió la hipótesis de que Nancy Mestre, después de recibir el tiro en la cabeza, habría sido arrojada en un terreno enmontado, pero los responsables se habrían retractado en su intención, recogiendo el cuerpo y trasladándolo a la clínica.
Ese mismo primero de enero Nancy Vargas de Mestre, la madre de Nancy Mariana, habló en la clínica con una estudiante universitaria que vivía pensionada en casa de los Saade, “Fue horrible”, le dijo la pensionada a la confundida y atribulada madre, “varios hombres gritaban, mientras la niña llamaba a su papá, hasta que se oyó el disparo…” Semanas después, cuando le tocó declarar en el sumario, la pensionada dijo que no había escuchado nada.
Jaime Saade jamás fue capturado. Su único pronunciamiento directo en el expediente fue una escueta carta que envió en 1996 al juez de la causa, sosteniendo que fue otra la persona que asesinó a Nancy Mariana. Dos años y medio después del crimen, el Juez Once Penal del Circuito de Barranquilla, José Faustino Pareja Yee, condenó a Jaime Saade Cormane a una pena de 27 años de cárcel, por los delitos de homicidio y acceso carnal violento.
A pesar de la condena, el horrendo crimen contra Nancy Mariana Mestre ha quedado sumido en el espacio vacío de los casos impunes, sin policía héroe que se haya ocupado de hacerle la cacería al culpable. Martín Mestre, el padre de la víctima, un arquitecto que tiene la oficina en su propia casa, ha sido algo así como un cazador solitario, buscando pistas sobre el paradero de Saade, pero el resultado ha sido siempre infructuoso. La semana pasada, Mestre viajó a Bogotá y puso al tanto del caso al director de la Interpol, coronel Rafael Parra García, quien no tenía conocimiento de la búsqueda de Saade.
El mes pasado, el arquitecto Mestre recibió una carta anónima a la que él le ha otorgado plena credibilidad. La envía una mujer que dice haber visto desde afuera lo que ocurrió en casa de los Saade. Según ella, al amanecer vio a Nancy sola, dentro de la camioneta. Estaba desesperada y hacía sonar la bocina con insistencia. Finalmente Nancy salió de la camioneta y subió a la habitación. La autora de la carta cuenta que logró ver a varios hombres, uno de los cuales, que estaba maquillado, decía: “No puedes dejarla ir porque nos vio y le va a contar a todo el mundo”. A los pocos minutos sonó el disparo.
Hoy, cuando Nancy Mariana va a cumplir cuatro años de fallecida, su familia la tiene presente a cada instante. Todas las noches los padres y el hermano oran por ella antes de dormirse y lloran sin falta. Como bien lo define el padre, “nos ha tocado aprender a vivir con el dolor”.

(Cambio, noviembre de 1997)