SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Fotografías

Los 30 años de mi carrera profesional han transcurrido principalmente en la región Caribe colombiana, a la que he recorrido ya sea como periodista de televisión, de prensa, o de radio. Casi nunca me ha faltado, como fiel compañera, una cámara fotográfica: es como una exigencia de esta región, única, exuberante, bullente. Personajes, paisajes han pasado ante mis ojos y —aun en los grandes apuros— jamás ha faltado la voluntad para detenernos y hacer un efusivo "click". Al fin y al cabo, el Caribe es una constante provocación gráfica.

No permito que mi cámara se deje subyugar por un personaje al que ésta no juzgue auténtico. El verdadero recreo para un fotógrafo que funge como un aficionado, pero que es en realidad un profesional frustrado, consiste en explorar esa autenticidad, sólo inherente a seres como el juglar Emiliano Zuleta, a quien fotografié en su finca cacaotera del Perijá. Lograr que un personaje pose no es lo difícil. Su transparencia resulta esencial de cara a la lente. Y en ocasiones, si los ángeles de la fotografía aparecen, la captación va más allá de ojos y piel. Termina siendo como una gota fría que refulge desde el interior y se plasma.

Una familia muestra más de sí misma desde sus cachivaches de desecho que desde un retrato formal de sus miembros; una ciudad termina siendo la paradoja de la luz de un semáforo al pie de una obra monumental. El viaje renueva la mente. Es la oportunidad de descubrir lo que los habitantes de un lugar pasan por alto. Y allí radica lo fascinante de la experiencia viajera, en compañía de una cámara. Casi siempre la he tenido, más con una esposa fotógrafa. (Una vez llegamos a usar de las desechables). El viaje es la vida que se refresca, la oportunidad de encontrarle otros ropajes, otras pieles, otros colores a la vida.

Uno quisiera que una foto fuera autonarrativa, no requiriera de explicación alguna, sino que relatara por sí misma la historia completa. A veces uno quiere creer que lo logró: un indígena arhuaco, dormido bajo el cartel que anuncia los 500 años del descubrimiento de América, podría considerarse autonarrativo. Pero a veces no puede uno resistirse a la tentación de convocar a la palabra intrusiva. Porque siempre habrá algo más que contar, así se corra el riesgo de que ese “algo más” asalte la integridad narrativa de lo que vale más que mil palabras.

Natalia en el sórdido pasillo de un edificio en Cartagena; Marcela el día de sus 15; Mile con el lago de Sebring a sus espaldas; Momo entre las aguas sanadoras del rio Yaya...con ellos hemos jugado a la fotografía de una manera en que el ocio vacacional termina convirtiendose en estrés. Algunas de estas fotos fueron tomadas espontáneamente. Otras nacieron en la informalidad y fueron creciendo en exigencias: maquillaje, vestuario, equipo. Lo cierto es que —al margen del método— valió la pena: fotografiar a la familia ha sido como ilustrar el alma.